En uno de sus filmes más bellos y estéticos, Werner Herzog plantea una biografía a modo de parábola situada en una pequeña ciudad de la Baviera del siglo XVIII con una población cuya ahorro se sustenta en el delicado cristal rubí que se elabora siguiendo una antigua y secreta fórmula. Al morir el maestro cristalero sin revelar el secreto de la técnica, el nuevo responsable de la factoría visita a un pastor con fama de soñador para que le desvele el secreto. En lugar de ello, el pastor Hias profetiza un futuro apocalíptico, que en el fondo, no es más que la llegada de la era industrial. Herzog, para acceder el aire de locura colectiva que buscaba, hizo que todos los actores, excepto Josef Bierbichler, que interpreta al profeta Hias, actuasen después de haber sido sometidos a un trance hipnótico.